Cineteca Vida

El cine aprendió a hablar para darse cuenta de que cuando queda callado, se encuentra a sí mismo.

Prisioneros de la tierra: quien quiera oir y ver, que venga

Por Raul Manrupe

Decían los espectadores veteranos, que cuando Prisioneros de la tierra se proyectaba originalmente en los cines, el público aplaudía y vivaba los azotes del mensú Podeley al despiadado capataz Köhner (mini alerta spoiler). No sabemos cuál será la reacción de la gente en las proyecciones que ahora, casi un siglo después traen en imagen y sonido rescatado por el Museo del Cine para su restauración en Bolonia junto a la Film Foundation. Lo que sí podemos decir es que lo visual y lo sonoro, ese tema tantas veces criticado, son de como para emocionar. Hay un mito, que dice que el sonido de las películas nacionales clásicas era malo. Ese mito deriva de las copias malas y malísimas y telecines que fatigaron su metraje en matinés de televisión más o menos desde 1951. Escuchar a los actores y la banda musical de Lucio Demare ya es un placer que se suma a lo buena que es esta película, muchas veces rankeada en lo más alto de las producciones de toda la historia local. En lo visual, ver la fotografía del maestro Pablo Tabernero en las ruinas jesuíticas, es rescatar un trabajo de una sutileza y valor estético sobresaliente. Percibir cada cabello de Elisa (aquí Gálvez) Christian Galvé, una gota de sudor de Angel Magaña, el brillo de la piel de Homero Cárpena, la mirada perdida de De Lange o la sonrisa de Fugazot, sorprenden y conmueven. Y al salir de la sala, hacen reflexionar acerca del valor de preservar y seguir rescatando el enorme patrimonio cultural e histórico que representa nuestro cine. Con respecto a la reacción de los públicos de hoy ante esa historia que es la sumatoria de varias de Horacio Quiroga, que inspiró otra obra mayor como Las aguas bajas turbias de Hugo del Carril, recordamos la proyección en Mar del Plata hace unos años de su Esta tierra es mía. Al finalizar vimos a muchos hombres y mujeres salir de la sala con lágrimas en los ojos, conmovidos. Tal vez esta obra maestra de nuestro cine, revitalizada y puesta en consideración en este BAFICI por el Museo del Cine, genere lo mismo. Lo merece.

prisioneros de la tierra